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Libros

Blog Tamar Cohem


Cuerpo amorfo

Tamar Cohen 22-05-2019

Me duele desde la punta del dedo chiquito del pie hasta el cráneo. Siento contraídos músculos que no sabía que existían. Me arden los ojos y solo quiero recostar la cabeza en la almohada y dormitar como oso en hibernación. Esto es el resultado de siete horas de brincos, bailes y sacudidas de cabello. 420 minutos de no parar de cantar ni abandonar la pista. Y es que no fue mi culpa, si no del DJ que contratamos para la fiesta de 50 del Barón. Me dan ganas de llamarle y pedirle que me pague la consulta del quiropráctico. Mínimo, diría yo. Unas cosas por otras. Yo bailé su música con toda la energía posible. Ahora le toca a él dar de su parte y contribuir a que mi cuerpo regrese a la normalidad. Quizá también fue culpa del barman y de los gins de frutos rojos que preparó. O de los invitados, porque hay celebraciones que no prenden. Te la pasas bien pero no le entregas tu alma a la fiesta. Así que al otro día caminas normal y no como si hubieras corrido un maratón. Sí, ellos también tienen la culpa. Su argumento es que nos quieren mucho y por eso las muestras de cariño a través del baile y las risas. Pero yo tengo mis dudas. Para mí que aprovecharon la barra libre de alcohol, los tacos, las quesadillas, los helados, las ensaladas y les valió un pepino si en los días consecuentes mi cuerpo se convertía en una figura de cera amorfa. Se me ocurre poner una alcancía y que cada quien coopere con lo que crea proporcional a cómo se divirtió. Buenísima idea. Seguro que con eso tengo para pagar el doctor, los relajantes musculares y el sobrante, lo ahorro para la fiesta de 60 años. Solo espero que en 10 años mi cuerpo ya se haya recuperado.




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Las peripecias de tener un perro

Tamar Cohen 15-05-2019

¡No! Emma, le dice el Barón a nuestra perra cada que intenta subirse a los sillones, cuando raspa con sus uñas la puerta de madera, o mientras corre para atrapar un pájaro en el jardín y levanta el pasto que con mucha dedicación los jardineros han cuidado. Emma es un desastre. Sí, pero también es la alegría de la casa. Llegó hace dos años, la encontramos en un sitio en internet, había sido rescatada de la calle hacía muy poco, fui a conocerla con mis hijos y de inmediato nos conquistó su vivacidad. En cuanto la trajimos a la casa, nuestra labrador Mía, quien estaba muy desanimada, revivió. Verlas a las dos recorrer el jardín, saltar, morderse, gruñir, jugar, era un gran regalo. Intenté educarla, traje un entrenador y me propuse que esta vez, sí sería una mamá estricta, Emma tenía que saber que yo era quien tenía el control. Ja, qué buen chiste. El caso es que hace unas semanas entré a casa y la descubrí mordiendo el sillón de la sala del estudio, la que se ve justo al entrar a la casa. Terror, pánico, ansiedad, angustia, pesadilla, de nuevo terror. El Barón nos va a matar a todos, pero antes, va a regalar a Emma. La regañé como nunca y luego tapé el incidente con un cojín. Tenía que pensar. Mi amiga V me sugirió hablar a la mueblería. Tardaban meses en conseguirme la tela. De nuevo terror. V me dio el teléfono de los mejores tapiceros. Tenían que llevarse el sillón completo y regresarlo en un par de días. Así que esperé a que el Barón se fuera de viaje, ese mismo día lo recogieron y lo devolvieron como nuevo. El Barón regresa hoy. Va a enterarse de todo a través del blog. Yo digo que merezco un abrazo por haber resuelto todo sin su ayuda. ¿Verdad, amor?




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Soy de lo peor

Tamar Cohen 01-05-2019

Para mi prima S:

Resulta que soy una persona de pocos principios. Me vendo muy fácil con tal de experimentar uno que otro placer de lo más gratificante. Antes no era así. Recuerdo mis épocas en que trabajaba en la Liga de La Leche y como Consultora de Lactancia, portaba un armadura de hueso colorado, no compraba productos Nestlé ya que fomentaban el uso de biberones y fórmula en poblaciones marginales. Incluso hace unos años, cuando José Saramago aún vivía y se atrevió a declarar un par de comentarios antisemitas, no dudé en tirar su maravilloso libro El evangelio según Jesucristo. Pero debí sospechar que algo comenzaba a fallar en mi interior, porque pese a todo, me quedé con Ensayo sobre la ceguera. Claro que ahora me arrepiento de haber tirado El evangelio, pero como dije, he perdido mis principios. Mi prima S dice que cada quien se vende a uno o varios postores. Para ella, el arte de Michael Jackson no es lo suficientemente importante como para justificar su falta, así que queda vetado de sus listas musicales, (aunque no estoy segura si alguna vez fue su fan) En cambio yo, con tal de disfrutar una velada viendo Annie Hall, Match point o La última noche de Boris Grushenko con mis adorados hijos, soy capaz de pasar por alto la cantidad de denuncias que pueda tener Woody Allen. Tampoco me voy a volver su abogada defensora, pero digamos que prefiero cerrar un ojo. Yo sé que está muy mal. Soy de lo peor. Lo reconozco. Mi prima, por ejemplo, también es de lo peor, come carne a pesar de saber que es moralmente reprobable y que atenta contra la vida digna de los animales. El problema es que yo me río con Woody Allen, leo a Heidegger, a pesar de su nazismo y hasta como carne. Ya ven, soy una persona de pocos principios.




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La nueva Tamar

Tamar Cohen 24-04-2019

El lunes desperté entusiasmada. Había hecho una lista de pendientes que pronto empezaría a tachar: hacer cita en el oculista, limpiar mi buró, comprar vitaminas, clasificar libros de la biblioteca, corregir la ortografía de mi guión… no crean que soy del tipo de personas que hacen listas. Más bien soy de esas que creen, inocentemente, que después de las vacaciones, la vida te da la posibilidad de cambiar e integrar nuevos hábitos. Algo así como una pequeña ventana que se abre solo por un breve instante. Depende de ti aprovecharla o no. Entonces hice mi lista para convertirme en la nueva Tamar: una mujer organizada y ordenada. También incluí un nuevo hábito. Me propuse leer un cuento antes de sentarme a trabajar. Todo salió por un libro maravilloso de James Rhodes. Fugas. Él sugería escuchar una pieza de música clásica todos los días para conectarte con tu interior. Yo pensé que podría hacerlo con la literatura. El lunes leí uno de Alice Munro y el martes a Raymond Carver. De dos días llevo ambos cumplidos con el nuevo hábito ¡Felicidades! Eso merece un aplauso. No sé qué vaya a suceder mañana, mucho menos la próxima semana ni el año que entra. Me gustaría mantener el hábito de hacer listas pero también me conozco, y creo que mi naturaleza es ser desordenada y desorganizada. Los pendientes vuelan como globos inflados con helio y ni aunque me estire los puedo atrapar. Sí, lo de los cuentos está maravilloso, pero seamos sinceros, ¿cúanto tiempo creen que dure? ¡Qué mal! Apenas llevo dos días y ya empecé a dudar de mi fuerza de voluntad. Aunque quizá eso es lo que necesito. ¿Qué tal que un poco de negatividad me reta a mantener mis nuevos hábitos? Yo siempre lo digo, nunca, nunca, hay que menospreciar a los pesimistas.




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Comida familiar

Tamar Cohen 09-04-2019

Las comidas de los lunes en casa de mis papás son lo mejor. Mi mamá se preocupa por satisfacer el enorme apetito de sus nietos y como buena abuela judía prepara sus mejores manjares. Mis hijos, en agradecimiento, la molestan argumentando que dios no existe y confesándole que comieron tocino, chorizo, jamón serrano o cualquier derivado del cerdo. Mi mamá no se ríe, pero estoy segura que por dentro sí disfruta de la plática, y quizá hasta recuerde sus buenas épocas cuando de pequeña probaba el chicharrón y los tacos de cochinita pibil. Yo, sinceramente, nunca entendí por qué dejó de hacerlo. Mi papá, por el contrario, coincide más con nuestra ideología, así que disfruta de cada ocurrencia que sueltan mis hijos. El lunes, por ejemplo, mi hijo A nos contaba que estaba platicando con una amiga de la universidad sobre su fascinación por la caca y su visita al proctólogo. Una tercera persona que lo escuchaba le preguntó: ¿Qué es proctólogo? A lo que mi hijo muy seriamente respondió: Es un Chamán que predice el futuro. A mi papá le encantó la historia. A mi también, de hecho de ahí salió la idea de este blog. A mi mamá no tanto, prefiere que no se toquen esos temas mientras comemos. Típico. Aunque lo cierto es que para todos fue difícil no imaginar a esta persona años después con un problema de índole anal, sabiendo que tendría que ir a ver a un Chamán para curarse. Es imposible no reírse. Sí, las comidas de los lunes son terapéuticas. Mi papá se olvida por dos horas de sus dolores crónicos de estómago, mi mamá no tiene tiempo de pensar en ella porque nadie la deja hablar, mis hijos se mueren de la risa y yo no puedo más que sentirme afortunada por tener este espacio todas las semanas.




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¿Escéptica?

Tamar Cohen 03-04-2019

Soy tan escéptica como mi protagonista en Producciones Violeta. No creo en el destino, ni en que las cosas pasan por algo, no pienso que la vida tenga sentido, ni mucho menos en una fuerza superior, llámese como sea, que nos cuida, nos enseña y nos pide confianza. No me hace falta esa fe. Tampoco creo que no hay accidentes ni coincidencias. Claro que las hay. Definitivamente no creo que eres lo que comes y ni que tu mente es capaz de producirte una enfermedad. Te preguntarás entonces en qué sí creo. Ahí te va una lista: Primero que nada creo en el poder del amor. Estoy segura que si no hubiera estado rodeada de un entorno amoroso, no hubiera podido salir sola adelante después de pisar fondo en mi enfermedad. Hablo del Barón, de mis hijos, mis hermanas, mis papás y mis amigos. Creo en hacer bien al otro y en el sentido común. Creo en la Ciencia y en la medicina. Sin ella simplemente no estaría escribiendo este blog. Creo que no todo tiene una explicación y por eso no se la exijo. Creo en la suerte. Creo en la importancia de hablar, expresar, llorar y escribir. Creo en mi trabajo. Creo en el respeto al otro y en tratar de ser lo más empática posible. Creo en la terapia psicológica y en el deporte. Creo en el silencio y en saber escuchar. Creo en erradicar la violencia de género y en no meterse con el cuerpo de la otra persona. Creo en la lactancia materna pero también respeto a la madre que decide no hacerlo. Creo en el sentido del humor. Creo en mí y en mis seres queridos. Si vemos con detenimiento, hay más cosas en las que sí creo de las que no. Así que quizá no soy tan escéptica como admití en un inicio. ¿Y tú en qué crees?




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Disparo a la luna

Tamar Cohen 27-03-2019

Nunca imaginé que crear un guión cinematográfico me fuera a cautivar tanto. Es un universo completamente distinto a la escritura de un libro. Las imágenes pesan más que las palabras, los diálogos deben ser breves y cargados de significado cada uno de ellos. A los personajes hay que sustentarlos, o de lo contrario van para afuera sin alguna misericordia. Siguiendo esta regla he tenido que correr al menos a cinco personajes que aparecen en El año terrible. Me duele, no crean que me falta corazón, pero lo entiendo. Esta semana celebramos el tener un buen esqueleto de guión, lo cual me tiene muy entusiasmada, (y hablo en plural porque sin la mancuerna con K, no habría podido escribirlo) Ahora falta rellenar los huecos, darle músculo, grasa y todo lo que necesita para completarse y volverse de carne y hueso. Mañana toca sesión, analizaremos la función de cada uno de los personajes y las sub tramas, estudiaremos cada una de las escenas para saber si nos ayudan a avanzar en la historia. Siento que voy a deshebrar mi guión como si fuera un queso Oaxaca para luego ponerlo en el sartén y cocinar un delicioso queso asado. Muchas veces me cacho fantaseando en lo que vendrá en un par de años, desde la búsqueda de financiamiento, las pláticas con el Director, el casting, las locaciones, el día de la Premiere, el vestido que usaré, la primera sensación al ver a Dana en pantalla, las reseñas en el periódico hasta los comentarios de amigos y familiares. No sé realmente si este sueño se hará realidad, pero nada me impide dispararle a la luna, incluso si fallo, aterrizaré en las estrellas.




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Cuento de hadas

Tamar Cohen 20-03-2019

A mis hijos:

Este fin de semana fue un intensivo de maternidad. Tuve tres partidos de basquetbol de mis hijos y vi dos series en Netflix que hablaban del tema. Las dos muy recomendables: Workin´ moms y The let down. Ambos factores me hicieron reflexionar sobre el rol más importante de mi vida. Recuerdo lo increíble que era dormir con mis hijos en la cama y amamantarlos a cada hora, claro que el cansancio se iba acumulando noche tras noche, pero qué importaba, además había que ser estricta en no usar chupón porque iba en contra de mi filosofía, y como eran niños de brazos, si quería meterme a bañar había que hacerlo incluso antes de que saliera el agua caliente, la cuna era solo de adorno. Fueron creciendo y de pronto me vi en la disyuntiva de saber ¿qué era mejor? Si ser una mamá estricta que pone límites, lo cual me sonaba a maestra de matemáticas, y yo definitivamente no sé nada de números. O ser lo más parecido a una amiga. Escogí la opción dos. Y claro, esto conlleva sus problemas, te contestan feo de vez en cuando, pero qué importa, si lo mejor es que hay confianza y te cuentan sus mayores secretos. O eso creo. La verdad es que la maternidad no es ningún cuento de hadas, me ha hecho experimentar mucho dolor e impotencia. Pero es impresionante como un pequeño acto puede borrarlo todo y hacerte sentir el ser más afortunado del planeta. El sábado mi hijo J de 22 años hizo un tapón en el partido y me lo dedicó con un guiño. Así de sencillo se borran las noches en vela, discusiones, arrebatos y dudas sobre si la educación que uno les ha dado ha sido la ideal. Seguro que el Barón se va a quejar porque no hablé de lo bueno que ha sido como papá, pero ten consideración, el blog solo me permite 300 caracteres.




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Cita a ciegas

Tamar Cohen 13-03-2019

Entro a la librería, veo una portada que me llama la atención, leo el primer párrafo o quizá solo el primer renglón. Si me gusta me lo llevo. De lo contrario lo regreso al estante, o en el peor de los casos, lo escondo debajo de los pesados libros de arte. Ya sé que mi decisión al comprar un libro es demasiado severa, pero me ha funcionado en la mayoría de los casos. A menos, por supuesto, que vaya especialmente por uno que me hayan recomendado. Mi hermana M, por ejemplo, hace lo contrario. Lee el último párrafo, si la atrapa, se lo lleva (y si no también, jaja, es que como dice la expresión, lee hasta por los codos) Me gustaría pensar que mis lectores son un poco más flexibles, que se animan a leer un capítulo entero antes de desechar la novela, o que son capaces de leer las 300 palabras del blog de un jalón sin que su mente divague en el alza del precio del aguacate. Pero la verdad es que el inicio de un texto y el final es esencial, como autora y lectora lo sé. Hay que trabajarlo mucho, definir los detalles, escoger las palabras precisas, los puntos y comas. Es como la primera impresión de tu cita a ciegas: Un aliento a podrido, la falta de un botón, el pelo grasoso, los vellos en la oreja. No hay más que decir. Debut y despedida. A menos, claro, que los vellos en la oreja, la torpeza al vestirse, el pelo de grasa de gallina y el aliento añejo te parezcan sexys. Entonces lo más seguro es que terminen en un cuarto de hotel. En lenguaje literario, el libro te sedujo, lo compraste y te sentaste en el parque a leerlo acompañada del más espectacular de los atardeceres. Ahora solo espero que donde te encuentres, ya sea en el parque, o de preferencia en el hotel, hayas disfrutado de mi blog.




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Rechazo editorial

Tamar Cohen 06-03-2019

El año pasado se me ocurrió escribir la segunda parte de Cinco modos para deshacerme de mi hermanito. El primer libro lleva seis reimpresiones, así que era lógico que la continuación también tuviera una gran acogida. Me puse a escribirlo con emoción y disciplina, a la par que me juntaba con mi amiga/editora para corregir hasta los últimos detalles. Una vez terminado lo mandé a la editorial y me senté a esperar. Por fin el miércoles pasado recibí la tan anhelada llamada: Gracias pero no nos gusta, bueno, digamos que no fue así de frío, las razones eran válidas, pero el resultado el mismo. Hacía mucho que no me rechazaban un texto. Fuera de la primera novela que escribí, que aún permanece guardada en la computadora, todo lo que siguió siempre encontró un lugar para ser publicado. Por suerte, tengo claro que lo mío es escribir, así que no me derrumbé, ni consideré un cambio de profesión. Lo tomé como una persona madura, aventé el puto teléfono al escusado y le jalé a la puta cadena. Ya sé lo que los optimistas dicen, que esta experiencia me hará ser una mejor escritora, persona, mamá, esposa, hija, ciudadana, amiga, bla, bla, bla. Demasiada filosofía positiva. No entiendo por qué sobre cada anécdota necesitamos aprender algo. La verdad es que yo habría preferido que me publicaran mi historia y que siguiera siendo exactamente quien soy. No quiero ser una mejor persona, ni una mejor ciudadana, ni siquiera una mejor escritora ¡Quiero ver mi libro publicadooooooo!!!!!!!!! ¿Es mucho pedir? Perdonen mi arranque de furia. En fin, la vida sigue y los proyectos también, quizá retome más adelante la historia, la transforme y me la acepten. O quizá no. Mientras seguiré haciendo lo que me apasiona, escribir, aunque todo el futuro de mis obras siempre sea incierto.




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El poder de la menstruación

Tamar Cohen 27-02-2019

Poco antes de cumplir los once tuve mi primera menstruación. A pesar de tener 3 hermanas mayores, no tenía idea de lo que era esa mancha en los calzones. Cuando se la mostré a mi mamá lo único que me dijo fue: Felicidades, ya eres una señorita. Mi papá llamó del exterior en ese momento y mamá me obligó a contarle. Papá dijo exactamente las mismas palabras: Felicidades, ya eres una señorita. Esa fue toda la información que recibí acerca de un evento que transformaría gran parte de mi vida. Recuerdo que nunca sentí vergüenza al hablar de la regla, ni siquiera enfrente de los hombres. Más bien eran ellos quien me pedían que callara, que les daba asco. Algunas amigas en la escuela preferían llamarla por otro nombre, el más absurdo era La Tía. Ya me llegó La Tía, decían, como si menstruación, regla o período, fuesen palabras prohibidas. Más de 30 años después, el tema aún sigue siendo tabú. Y el problema con eso es que genera ignorancia y sentimientos de inferioridad. En la última entrega de Óscares, Period. End of Sentence, ganó el premio al mejor documental. Trata sobre un pueblo en la India donde nadie habla de la menstruación, de hecho hay hombres que la consideran una enfermedad. Las mujeres usan telas sucias y deben de buscar sitios alejados para cambiárselas, por lo que muchas de ellas abandonan la escuela. Un grupo de valientes mujeres se juntan para fabricar toallas sanitarias desde sus casas, las venden y con eso se vuelven independientes económicamente. Al mismo tiempo se fortalecen y luchan contra el estigma de la regla. Hace ya varios años que “La Tía” no me visita, pero después de ver el documental, me dieron unas ganas enormes de recibirla y sentirme tan poderosa como esas mujeres en la India.




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Pulcros intestinos

Tamar Cohen 20-02-2019

Esta es de las anécdotas más extrañas que me han sucedido en la vida. Y creo que después de un año de blog, ya hay suficiente confianza entre nosotros para que se las platique. Hace poco más de una década me fui a vivir con mi familia a Israel por un año. Durante los primeros dos meses mi hebreo no era muy bueno pero me defendía. Una tarde vi un letrero en la calle: acupuntura para problemas del colon. Justo me sentía pésimo del estómago, lo cual no es raro en mí, así que marqué al número de teléfono. Me hicieron algunas preguntas. Como no entendía del todo intercalé unos cuantos sís, por unos nos, ¿qué podría pasar? El día de la cita lleno 4 hojas de formularios (en inglés), me quito la ropa de la cintura para abajo y me pongo una bata. Nunca me habían hecho acupuntura por lo que supuse que era normal. Cuando la Dra. me platica que está a punto de meterme un tubo por el recto y echarme agua tibia hasta vaciar mis intestinos, me quedo petrificada. Ni siquiera soy capaz de decirle que hay una equivocación, que yo vengo a acupuntura, que no voy a dejar que me meta nada, mucho menos por ese agujero. Pero me gana la pena. Además, me acuerdo de las 4 hojas de formularios que llené, si me voy habría sido tiempo tirado a la basura. Así que me acuesto en posición fetal y dejo que me manipule a su antojo. Lo peor viene después. En la caja me dicen que es el mes del descuento, que si pago cinco lavados de estómago de un jalón, me dan uno gratis ¿Cómo rechazar la grandiosa oferta? Pago por adelantado los cinco y regreso a la semana. Al salir de mi segundo lavado veo una puerta dentro del mismo consultorio. Alcanzo a leer: Acupuntura. Y de inmediato se retuercen mis pulcros intestinos.




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Obsesión enfermiza

Tamar Cohen 12-02-2019

Mi obsesión por Lady Gaga ha llegado a niveles enfermizos. Aunque quizá decir esto sea un pleonasmo, es decir, todas las obsesiones per se son enfermizas, ¿o no? El caso es que la semana pasada soñé que éramos mejores amigas, de esas que se cuentan sus más íntimas confidencias y no se sueltan de la mano. La invitaba a comer a casa de mis papás, le describía uno por uno los exquisitos platillos árabes que cocina mi mamá. Al principio decía que sí, pero a última hora su maldito agente se la llevaba de gira por Europa. Así que yo, apresurada, cogía una hielera y la llenaba de kipes (comida típica árabe), para que los saboreara en el camino. Y entonces sonó el despertador. Lo apagué con brusquedad ¿No se podría haber esperado unos cuantos minutos más? No alcancé a darle la hielera a Lady Gaga, la cerré y le puse hielo, de eso estoy segura, pero el contenido no se puede conservar fuera del congelador más de dos horas. Así que puse otra alarma, diez minutos más, me daría tiempo perfecto de entregarle la hielera y de ver su hermosa sonrisa. Obvio no funcionó. Por más que traté de concentrarme, la amistad, que parecía tan sólida como un ladrillo, se desintegró, ni siquiera quedaron unas cuantas migajas sobre la almohada. No debo ser mal agradecida, los sueños son lo más cercano a la realidad, así que debo sentirme afortunada porque al menos dormida llegué a conocer el verdadero ser de Lady Gaga. Estoy segura que ya habrá otras oportunidades, así que estaré preparada, tendré lista la hielera y una olla donde calentar los kipes, pondré un mantel en el jardín y nos sentaremos a filosofar sobre la vida acompañadas de una botella de vino ¿Crees que mi obsesión se esté desbocando?




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¿Un premio que cambiaría mi vida?

Tamar Cohen 06-02-2019

En el 2015 creí que una llamada cambiaría mi vida. El celular sonó cuando me encontraba en la regadera, al salir remarqué al número desconocido y en cuanto escuché que una grabadora me decía que había llamado a la editorial SM, mi cuerpo comenzó a temblar. A los pocos minutos me encontraba hablando con los jueces que me habían otorgado el Premio Gran Angular por mi novela El año terrible. Yo gritaba y daba saltos por toda la casa ¡Gané! ¡Gané!, exclamaba eufórica una y otra vez. Los primeros días y hasta meses la adrenalina seguía corriendo por mis venas, a veces hasta fantaseaba con verme desfilar por alguna alfombra roja con un vestido de Valentino. Ahora que han pasado algunos años puedo ver lo ingenua que fui. ¿En qué estaba pensando cuando creía que mi vida cambiaría? ¿Sería tan famosa que tendría que usar gorra y lentes oscuros para evitar a los fans que se congregarían a las afueras de mi casa?¿O se trataba de algo todavía más increíble, como que de la noche a la mañana me crecería el pie diez centímetros? En una entrevista que le hicieron a Etgar Keret, uno de mis escritores favoritos, cuenta sobre lo arbitrarios que son los premios. Una vez dos jueces deliberaban sobre un premio. El ruso se lo quería dar a Keret y el inglés no. En eso el inglés le dijo: ya, tengo hambre. Y el ruso respondió: pues yo no, y podría quedarme así hasta las 4 de la mañana. El inglés, desesperado por ir a comer, aceptó dárselo a Keret ¿Un premio decidido por hambre? Me pregunto que habrá sucedido en mi caso. Quizá los jueces desayunaron chilaquiles, a todos les causó diarrea menos a uno, y ése fue quien me eligió. ¿Así que mi premio se lo debo a un estómago resistente? Con razón mi vida no cambió.